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Ceguera, sordera y disimulo: Raúl Fuentes


Ceguera, sordera y disimulo: Raúl Fuentes

Vamos a ver, dijo un ciego, pero no le gustó lo que vio: mucho gris y demasiado rojo: gris de gases lacrimógenos y rojo de sangre inocente derramada a manos de los esbirros de Reverol y los matones de Benavides Torres, transformados en pagapeos y chivos expiatorios por el obsecuente Padrino. Entonces, suplicó al Todopoderoso que lo devolviese al reino de las sombras en el que podía concebir formas ajenas a la geometría del poder narco-chavista y teñirlas con colores y matices de su invención. Algo parecido ocurrió con el sordo que quiso oír y casi muere de susto cuando escuchó los disparates de Maduro y las mentiras de la propaganda oficial: No me he perdido de nada, solo percibo el fragor de batallas desiguales y el plañido lastimero de madres que han perdido a sus hijos, ¡Dios mío, prívame otra vez de la audición! Quiero, en dulce y callada quietud, pensar un país de armonías, no de desconciertos.

Hubo ciegos que iluminaron la oscuridad con prodigiosas creaciones. Homero nos legó los poemas épicos más importantes de la literatura clásica –la Ilíada y la Odisea–, gracias a los cuales supimos del Olimpo, del Hades, de Troya e Ítaca; de Aquiles y Ulises; de dioses, héroes y demonios más humanos que divinos o infernales. Borges alumbró su noche perpetua y el sótano de una desahuciada quinta bonaerense con un Aleph que contenía «todas las luminarias, todas las lámparas y todos los veneros de luz». Algunos sordos han roto la barrera del silencio. Beethoven lo hizo, ¡y vaya cómo!: ahí está, prueba audible de su genio, la Novena Sinfonía (coral) con su monumental Oda a la alegría.

Hay, en contraste con quienes se sobreponen a sus deficiencias visuales o auditivas, los que se niegan a ver y oír para hacerse los pendejos y sustraerse de la realidad. Son los peores ciegos y sordos; al menos eso dice un refrán refrendado, ¡ay, la cacofonía!, por el común. Son los que pasan por alto los abusos de poder y trivializan la insurgencia ciudadana, cual algunos mandatarios del continente que, a estas alturas del inocultable conflicto que nos concierne, aún no admiten que este es producto de la codicia expansionista de los sobrevivientes del naufragio comunista cubano y del entreguismo de un vasallo golpista y retrógrado que les abrió las puertas de El Dorado petrolero, a fin de que siguiesen navegando a contracorriente de la historia. A esa especie de militantes del disimulo, que nunca ven ni oyen lo que no requiere anteojos ni audífonos, pertenecen los que, seducidos por hipócritas emisarios de la paz –Rodríguez Zapatero, Samper, Fernández, Torrijos–, se empeñan en conceder el beneficio de la duda a un gobierno que declaró y libra una guerra a muerte contra una población indefensa, opuesta, civilizadamente y como debe ser, a que sus derechos sean vulnerados y su libertad conculcada; una población armada de razón y voluntad que resiste los embates de hampones uniformados y con licencia para matar, mientras invidentes y tapias de conveniencia, que poca cosa distinguen más allá de sus narices, hacen de la tragedia contingencia descartable y auspician (des)encuentros sin sentido, porque la resistencia procura, es su desiderátum, restaurar las garantías democráticas y el Estado de Derecho en Venezuela.

Volver a vivir en democracia. Elegir o rechazar, sin presiones indebidas ni extorsiones inmorales –un voto, una bolsa del CLAP–, a quienes nos gobiernan; decidir libérrimamente su destino. Eso es lo que quiere el pueblo. Y el pueblo, señores del PSUV y soldados de la FANB, ¡abran los ojos, paren las orejas!, no son los camisas rojas incondicionales de los tres chiflados que urdieron el fraude en progreso para consolidar un Estado sustentado en el crimen –«El crimen consolida la autoridad», reza un aforismo de Emile Cioran–; no, el pueblo es la gentarada que, a diario y a lo largo y ancho de nuestra geografía, enfrenta la violencia psicopática de los sicarios de la dictadura; el pueblo es ese torrente de humanidad hastiada de una pésima administración pública –la más inútil e infame de nuestra historia republicana– y asqueada de un régimen corroído por el narcotráfico que ha elevado la corrupción a cotas superlativas y disminuido, en proporción inversa, la atención al ciudadano, supuesta razón de ser de una revolución que prometió convertirlo en hombre nuevo y lo envejeció prematuramente, condenándole a temprana sepultura, víctima de la desnutrición, la falta de cuidados médicos o por acción de la delincuencia organizada, la única comuna verdaderamente eficiente y que, cooptada por Maduro, tendrá pleno derecho a voz, voto y disparos, en el aquelarre prostiuyente en el que él y sus ángeles exterminadores –no escribiremos ángelas, porque el sexo de estos supranaturales seres es tema de discusiones de nunca acabar que se iniciaron en Bizancio–, proyectan inmolar la República.

¿Qué ha cegado y ensordecido a los jerarcas del duopolio gubernamental para que se mantengan en sus trece respecto al descabellado, extemporáneo y autodestructivo proceso constituyente incentivado por Maduro, sin contar con la esencial e inalienable venia del soberano? Este clama porque gente sensata del partido de gobierno, que alguna ha de quedar, reflexione sobre su responsabilidad histórica, y exige a la oficialidad de la FANB que se ciña a lo estipulado en el artículo 328 del texto constitucional vigente y recuerde que «en el cumplimiento de su función, está al servicio exclusivo de la nación y en ningún caso al de persona o parcialidad política alguna». No se puede seguir pasando, como en el dominó, ante cada desafuero del tsj, del cne, de la contraloría, de la defensoría o del jefe (¿?) del estado, ¡minúsculas porque me sale!, ya que ello entraña complicidad; tampoco se debe ignorar que la voz del pueblo es sacrosanta –vox populi vox dei– y desatenderla equivale a desconocer que es depositario del poder constituyente original (Art. 347 de la bicha violada) y, como tal, el único estamento constitucionalmente facultado para crear un nuevo orden jurídico. Maduro usurpó tal poder. Por eso, debe exigírsele que renuncie. Sin dilaciones. También debe castigarse a magistrados sin papeles en regla y rectoras sobregiradas que alcahuetearon la usurpación. ¿O se resignan, quienes pueden hacerlo, a cerrar los ojos, taparse los oídos, callarse la boca y seguir jugando a la gallinita ciega?


                                                                                                                              EL NACIONAL WEB

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